
Junio, 2008
Esta página tiene las responsabilidad de proyectar todos los desencantos, decepciones, tristezas, malos presagios, pesimismos y catastrofismos que me sugiere cualquier tipo de gobierno actual, ya sea tildado de izquierdas o derechas. Tal vez sea debido a que los acrónimos, títulos y subtítulos con los que se apellidan los partidos son muy poco de fiar. Es el caso de la palabra socialismo. Fue acogida en la orfandad del nacional-socialismo de Hitler. Quiso dar señas de identidad al conglomerado de pueblos que formó la antigua U.R.S.S (Unión de Republicas Socialistas Soviéticas). Y por último pretende dar notoriedad progresista a algunos partidos occidentales empeñados en añadirse para sí ese epíteto cuando en realidad nada hacen por el socialismo. Desconocen el significado real de esa palabra y sostienen y mantienen un capitalismo desaforado y nada encubierto, como cualquier partido de derechas. Sólo cambian los modos, el talante, pero la realidad económica es la misma; viene dictada desde las relaciones comerciales que se mantienen con los países de intercambio comercial y cultural. Las siglas pueden ser las que sean; los resultados y proyectos económicos son los mismos. El proletariado ha desaparecido dando lugar a una masa social heterogénea, de muy diferentes poderes adquisitivos. Es una amalgama de subclases. Además, para embrollar las cosas, el socialismo es algo más complicado que repartir la riqueza en partes iguales. " A cada quien según su necesidad, de cada quien según su posibilidad", afirmó Marx. El marxismo surge de un proceso filosófico, de la aplicación práctica de la filosofía especulativa de Hegel a la realidad cotidiana. El Capital, el libro más famoso de Marx, no fue otra cosa que confirmar otra vez la contradicción del capitalismo, esta vez desde sus propios postulados.
Escribió Herbert Marcuse en su libro "El hombre unidimensional " refiriéndose a la opinión profética que tuvo el periodista y librepensador inglés George Orwell al denunciar y defimir los tiempos que le tocó vivir y los posteriores, los nuestros: "Orwell predijo hace mucho que la posibilidad de que un partido político que trabaja para la defensa y el crecimiento del capitalismo fuera llamado socialista, un gobierno despótico democrático y una elección dirigida libre, llegaría a ser una elección lingüística -y política- familiar".
Ese tiempo anunciado ya ha llegado. La guerra de Irak fue un "despotismo democrático". Las elecciones no son tan libres como nos quieren hacer creer. No están colmadas de información sino de publicidad mediática. Los resultados electorales son directamente proporcionales al gasto en publicidad, no a la verdad que puedan contener los mensajes. En cuanto a la palabra socialismo, como ya he dicho, ha decorado tantos movimientos sociales tan dispares que ha perdido su semántica natural. Resulta poco creíble llamar socialismo a una forma de gobierno en el que la banca y las empresas particulares tienen igual o más beneficios que en un gobierno capitalista ( a priori contrario al socialismo teórico) y del que en el fondo no se diferencia prácticamente en nada. Las empresas se hacen más grandes, como vaticinara Marx al explicar los procesos obvios del capitalismo, y el poder económico (y por lo tanto también el control social) cada vez está en menos manos. (No es malo que una empresa se haga grande; lo malvado es que en el capitalismo tiene un protagonismo mayor y acelera sus contradicciones inherentes)
En esta página se recreará el modo en que se relacionaron las mercancías, el dinero, la oferta, la demanda y la evolución del sistema monetario en las distintas épocas, evolución que marcó variantes reales en la economía, en el comercio y en los reajustes continuos entre monedas. Aunque hoy día la economía sea muy compleja, está edificada sobre la economía antigua, cuyas premisas son muy sencillas, como la ley de la oferta y la demanda, que necesariamente se tiene que corresponder en todas las épocas, aunque en la nuestra aparezca con muchas más variables en la ecuación final de igualdad. En esa sencillez se basará este discurso de modo que se pueda entender todo sin necesidad de ser economista ni muy despierto. A fin de cuentas soy yo el que lo expone y no soy ni una cosa ni la otra..
Uno de los pesimismos de los que hablaré es del daño ecológico, consustancial al desarrollo voraz del capitalismo. Según Walter Benjamin capitalismo y ecología casan mal. Aunque comienza a haber una concienciación real de beneficio de la ecología y una aparente lucha contra el efecto invernadero en concreto, no deja de ser muy muy deficiente e hipócrita la lucha real. Habrá que socializar esta responsabilidad pero hasta que no se reconozca que no es sólo una mera cuestión de concienciación o sensibilización, sino una problema político porque afecta directamente a la economía, hasta ese momento no será posible plantar cara a esta potencial calamidad. Un ejemplo práctico: Nos enseñan a reciclar el papel, el plástico, el vidrio y el metal. Sin embargo no se están reciclando edificios, por ejemplo. No quiero decir que no se estén rehabilitando pisos antiguos sino que no se utilizan pisos que están vacíos y se están construyendo nuevos desaforadamente. La especulación inmobiliaria y la construcción han creado mucha riqueza ficticia y también mucha riqueza real. A hecho que sea, al menos en España, uno de los motores más importantes de la revitalización económica y por lo tanto de la ocupación. Una gran parte social ha tenido trabajo gracias a esta nerviosa y especulativa actividad constructiva. Y además ha producido indirectamente otros puestos de trabajo gracias al consumo de los primeros, que dilatan la demanda de bienes y por lo tanto se crea la necesidad de aumentar la oferta de bienes. Los segundos también provocarán demanda de bienes de consumo, que producirá más trabajo para terceros, etc, etc...(Como explicara Lord Keynes en su teoría económica). El hecho de reciclar edificios, en este caso, supone una desocupación real, hecho que ningún gobierno quiere, ni ningún particular desea. Este ejemplo práctico lo coloco para hacer entender que muy a menudo algunos macroproyectos de ingeniería, de construcción o de cualquier otro tipo no proceden de una necesidad real sino de una necesidad ocupacional, que por otra parte también es una necesidad real la necesidad de tener trabajo. Las empresas se han hecho tan grandes que necesitan ir desarrollando su actividad al menos en igual intensidad. Cuentan con el beneplácito de los gobiernos para los cuales un descenso en la actividad ocupacional supone poder perder las elecciones. Además los particulares tampoco queremos que caiga la ocupación. Sería un desastre.
Volviendo a la ecología, mientras no se encuentren nuevas fuentes de energía limpia y rentable, para combatir el efecto invernadero va a ser necesario sociabilizar el problema, y para sociabilizar el problema será no menos indispensable una nueva repartición de la riqueza y el trabajo. Si es obligado dar un enfriamiento en la economía, por ejemplo, para aliviar el efecto invernadero va a ser necesario minimizar las repercusiones, algo realmente problemático. No sólo entre distintas clases sociales de un mismo país, sino entre países diversos. El problema es peliagudo y se complica mucho porque son también muchos los factores que intervienen.
Otro ejemplo práctico de distorsión ecología se me ocurre al leer la noticia de que en la periferia de Barcelona se ha tomado la medida de limitar la velocidad a 80 Kms por hora para reducir los gases de efecto invernadero. Imaginemos que se ahorran muchas toneladas de CO2 al aire y que por la misma razón el usuario tiene algunos euros más en el bolsillo por ese ahorro de combustible. No es imposible que si veraneaba en el pueblo de al lado ahora se vaya tres o cuatro pueblos más lejos con ese dinero que se ha ahorrado. Es un decir. No voy a asegurar que ese dinero ahorrado va a ser gastado precisamente en combustible. Lo que quiero explicar es que no es una medida global, que no son medidas reales de disminución de contaminación si no tenemos la garantía de que ese ahorro energético no va a suponer un consumo posterior en otro lado. Cuesta trabajo creer que cuanto más ecológicos somos, más crecen los vuelos de bajo coste, por ejemplo, que no son más baratos porque consuman menos combustibles, sino por otras razones.
Lo que quiero explicar con este ejemplo inverosímil es que la ecología está directamente relacionada con el consumo y el consumo irresponsable con la liquidez, o lo que es lo mismo con el dinero en circulación. El sistema económico que tenemos ha duplicado o triplicado la liquidez por encima de la correspondencia equit6ativa y real. Lo que se ha llamado dinero de plástico, las tarjetas, duplican la velocidad de trasacciones, que se anulan unas con otras. La misma moneda sirve para realizar a la vez diferentes trasacciones. Además, como veremos cuando explique la evolución del sistema monetario internacional, sucede en escala mucho mayor la correspondiente duplicación de la moneda entre países diferentes, por razones semejantes.. Esa desaforada liquidez resultante implica una producción también desaforada y nada planificada, un consumo similar. Claro que eleva el nivel de vida, pero sus contraindicaciones son muy perjudiciales para la salud total del planeta. No sólo por una cuestión ecológica, hay otras amenaza más inminentes e igual de reales. Además quiero explicar que la ecología necesita respuestas globales, y que propuestas parciales pueden no servir de nada.
Imaginemos que muchas personas hacemos un responsable ahorro energético o de cualquier otro tipo. Sucederá que las empresas suministradoras necesitarán menos personal porque venden menos debido a ese ahorro y aumentará el paro en función de esa bajada de consumo, aunque sólo sea de manera muy moderada, infinitesimal,. Pero si ese ahorro logrado lo consumimos en otro lado (como suele suceder, directa o indirectamente, porque el dinero nunca está parado, nunca suele estar bajo el colchón. En el banco ese dinero favorece el consumo ajeno o la producción, inevitablemente) produciremos a su vez el mismo aumento de ocupación. Posiblemente estará sucediendo algo semejante con la cuestión medioambiental: lo que no contaminamos por un lado lo hacemos por el otro. Un ejemplo sucede con la tala de árboles. Respetamos escrupulosamente nuestros bosques pero la demanda de madera sigue aumentando por lo que nos estamos comiendo indirectamente la selva del Amazonas u otras selvas.
He tomado dos titulares de una destacada revista en los que hace unos comentarios preocupantes: "Con la crisis financiera, los fondos de inversión han descubierto las materias primas y ahora especulan con los alimentos". "Nadie se responsabiliza, pero entre origen y destino las subidas llegan al 400 por ciento".
En el antiguo Capitalismo el "plusvalor" era valor usurpado por el capitalista, gracias a que tenía el control sobre la producción, los productos y la mano de obra. En este Neocapitalismo no sólo el plusvalor se torna como ganancia justificada sino que además se le añade con naturalidad la especulación como herramienta legal del libre cambio.
El problema ecológico se resolvería de un plumazo si la humanidad encontrase una fuente limpia y rentable de energía, lo cual no es imposible. Pero los problemas del capitalismo son muchos más y, a medida que crece, se agudizan. El problema ecológico es uno más del sistema capitalista. Casi podríamos decir que es natural, de entropía, consustancial con las leyes del universo. El hombre influye en el ecosistema y lo altera. El problema se hace patente cuando el ser humano se da cuenta de que le afecta directamente a él. Pero el problema real surge cuando técnicamente podría tal vez revertirse y es la composición del propio sistema que nos organiza el que no sabe reaccionar a tiempo debido a su naturaleza interesada, egoísta, atroz y suicida. En realidad la sociedad que nos rige y su sistema es un reflejo del propio individuo. No sabría decir si la sociedad es así debida a la condición natural del individuo o es precisamente al revés: el individuo es egoísta porque se desenvuelve en un medio que fomenta y potencia ese egoísmo, que no lo mitiga y que lo ve natural.
Los ciclos económicos que vaticinara Karl Marx siguen existiendo con similar final trágico de huida hacia delante. Permanecen enmascarados por los continuos flujos de inyección monetaria que cada cierto tiempo es necesario proporcionar al mercado para paliar las crisis. Paradójicamente esta medicina monetaria producirá más tarde mayores especulaciones y sobreproducciones, que agravarán aún más el problema, que no viene de otro lado que del desorden monetario y de la injusta y egoísta repartición..
En esta página describiré la esencia íntima del Capitalismo, que a la larga va en contra de la humanidad. No sólo por el aspecto antiecológico, sino por ser un sistema de desarrollo injusto, ciego, atroz y suicida cuyos efectos devastadores, cual huracán, están por venir. Creo que las guerras artificiales son un efecto directo de las contradicciones del Capitalismo y de su doble lenguaje que institucionaliza una hipocresía pragmática.
Aunque yo no sea más que otro agorero, la gente últimamente no es que esté tampoco demasiado optimista. Para cambiar ese estado de ánimo hay que cambiar la actitud . No se trata de una rebelión contra el sistema. En el momento histórico en que estamos sería un suicidio; el remedio sería sin duda peor que la enfermedad. La fiebre, que surge en el organismo como mecanismo de defensa, puede paradójicamente matar al individuo, como sucedía antaño antes de inventar los antipiréticos. Sucedería algo parecido con la enfermedad de este planeta.
Lo que pretendo es hacer visible el gran problema de la naturaleza del capitalismo, sus contradicciones, sobre las que ya se ha vertido literatura económica y de la otra al respecto. No es una confrontación física contra el capitalismo. Ya no es tiempo ni lugar. Se trata de hacer visibles sus males ya que sus bienes, que sí que los tiene y son muchos, los conocemos de sobra.. Pero su naturaleza íntima, que amenaza la estabilidad mundial de manera ecológica, económica y bélica, es necesario colocarla sobre la mesa para que el individuo la entienda y la interprete.
Este apartado no tiene otra misión que la de informar. Hacer un juicio paralelo del capitalismo mediante observaciones que ya las han dicho otros como Karl Marx, Jacques Rueef o Herbert Marcuse. No es una rebelión, sino una revelación; es mostrar lo oculto, que si ha estado de esta manera no es porque no se haya dicho o mostrado sino porque no se ha querido ver ni oír. Los tiempos han cambiado. Aunque haya menos héroes y mártires, menos sacrificios y menos milagros, y la gente sea incluso más egoísta, es posible que se haya también sensibilizado debido a ese pesimismo latente que nos convence de que el mundo no va bien. Hace pocos años pensábamos que nos íbamos a comer el Universo y ahora tememos por nuestro pobre y castigado planeta. A pesar de la revolución de la informática y del genoma, de la tecnología y de la ciencia, algunos nos hemos hecho pesimistas de profesión y nos acercamos otra vez a escuchar antiguas admoniciones y a mirar con otros ojos. En todo caso, si es una rebelión, siempre será una rebelión pacífica.
Como ya he dicho, esta página quiere ser una manifestación pacifista de la condición perversa del capitalismo, contemplado desde el lado no convencional, para que el lector compare y medite sobre su naturaleza egoísta. No va más allá de lo que ya dijeron los autores que he mencionado por lo que no va a decir nada nuevo. No tiene otra virtud que anudar sus reflexiones entre sí para que adquieran otra dimensión
Mayo, 2008
Siempre he pensado que para entender el problema de las crisis capitalistas lo mejor es leer El Capital, el más famoso libro de Marx. En él se entiende cómo los diferentes ciclos reiterativos del sistema capitalista acababan en un callejón sin salida, que se manifestaba en un cuello de botella de dinero y una sobreproducción de mercancías que el mercado no podía absorber por falta de crédito en aquel entonces antiguo sistema monetario. Para entender por qué no se dan ahora esos ciclos, o si se dan no lo hacen con la virulencia que Marx predijo, hay que fijarse en los sucesivos cambios que se han producido en el Sistema Monetario Internacional, precisamente a consecuencia de aquellas temidas crisis. Esta adulteración del sistema monetario se debe sobre todo al intento de suprimir aquellas crisis catastróficas pero sin poner remedio sincero al origen del mal, que es la propia naturaleza egoísta del capitalismo, personificado en lo que Marx llamó plusvalor. El plusvalor es la piedra Rosseta para poder interpretar correctamente la esencia del capitalismo. Entendiendo el mecanismo simple de aquél se entiende la naturaleza compleja de éste, sus ciclos y sus crisis. Que las crisis no se manifiesten hoy día con la vehemencia que pronosticó Marx no quiere decir que no existan.
Lord Keynes enunció más tarde, con muchos menos detalles que Marx, de nuevo la teoría económica de su tiempo. Sostuvo que Marx no había aportado nada nuevo a la teoría capitalista cuando en realidad fue al revés. Lord Keynes tan sólo contribuyó con una cosa novedosa a la teoría de la economía que a la larga puede resultar calamitosa si provoca lo que se ha dado en llamar huida hacia delante. Afirmó en su libro más famoso )"Teoría general del empleo, interés y dinero") que El Estado debía tomar las riendas en las fases críticas e iniciar obras públicas u otras actividades semejantes en esos periodos de crisis para que no cayera la ocupación ni el consumo y se mantuviera la crisis a raya. Podía actuar directamente o indirectamente, mediante medidas fiscales y monetarias, sacando por ejemplo masa monetaria al mercado para reactivarlo. De manera que más tarde la intervención del Estado en la economía del libre cambio con la regulación del tipo de interés (es decir lo que supuestamente es el punto de encuentro entre la oferta y la demanda dineraria) y otras medidas económicas se convirtió en el grifo de maniobra para dar o quitar liquidez, en un regulador para las crisis, en un mecanismo para aparentemente eludir las crisis.
En realidad esta práctica de intervención artificial en los mercados sólo fue posible gracias a un sistema monetario internacional adulterado. Más correcto sería tal vez decir que precisamente fue esa práctica reiterada la que obligó a escoger un sistema monetario internacional fraudulento que duplicaba o tripicaba el stock por encima de referenhcia real y de la cordura. Lo que sucedió en la práctica es que una vez inyectada, por ejemplo, masa monetaria en el sistema de circulación ya no podía sacarse de él si no se quería provocar de nuevo una crisis. Podía sacarse del mercado individual del país, pero no del mercado mundial porque nadie guarda el dinero debajo del colchón, ni siquiera los gobiernos. Se estaba inventando dinero continuamente y se sigue haciendo, como lo demostró Jaques Rueff y que quedará manifestado en el texto siguiente.
Antes quiero hacer brevemente una sinposis sobre las distintas evoluciones del sistema monetario internacional, que contribuya a crear una visión global de este patrón que rige nuestras economías. En principio eran los metales preciosos, el oro y la plata, los parámetros de referencia en los que se reflejaba la riqueza. Toda mercancía y toda riqueza de una nación estaban referidas al oro y a la plata. Fue lo que se llamó Patrón cambio-oro. Durante este Patrón cambio-oro hay tres fases diferenciadas: en la primera es el oro el astro sobre el que giran todas las demás monedas; en la segunda es la libra, sustituyendo al oro, la que ejerce ese protagonismo principal; en la tercera fase es el dólar el que desbanca definitivamente a la libra. El segundo patrón del sistema monetario es el que se implantó después de la segunda guerra mundial. Se le llamó Patrón Cambio-dolar. Con este patrón el dólar era la referencia máxima del sistema monetario, pero siendo siempre convertible en oro. Sucedió que tarde o temprano esa convertibilidad iba a ser imposible, como señaló Jaques Rueff, por la duplicación mundial del flujo monetario y por la devaluación artificial del oro que durante muchos años se mantuvo al mismo valor. En 1971 sucedio lo inevitable y el dólar dejó de ser convertible. Para solucionar la crisis se tomó la estrategia de permitir que las más importantes monedas internacionales flotaran en el mercado. Esta práctica arregló algunos problemas pero añadió otros mayores, como el de la inflacción en las monedas periféricas.
La aparición del Euro a primeros de siglo, surgido para componer estabilidad en la zona Euro, ha vuelto a suponer un nuevo desequilibrio en el mercado internacional y el que más se resiente de ello es el dólar que ya se ha devaluado un 50% con respecto a la moneda europea. Además han surgido con fuerza hacia el mercado internacional economías de países grandes y fuertes, como es el caso de China.
Quiero recordar, sin querer ser agorero, que durante estos nuevos equilibrios entre monedas a lo largo de la historia de la evolución del patrón monetario internacional, dos grandes guerras han tenido lugar. Nunca he considerado las guerras, y menos las actuales, ni como un ajuste de cuentas, ni como una redención del honor, ni como una guerra de Troya.
Su pretexto casi siempre o siempre es eminentemente económico. Todo el mundo intuye que ya en el siglo XV la colonización del nuevo mundo americano en nombre de Dios y de la civilización no fue más que una excusa para apropiarse de las riquezas de aquel nuevo mundo. Al menos los antiguos Vándalos, Alanos, Vikings, etc... eran más sinceros o no necesitaban disimular. Hoy día nuestro dios individual es la Democracia. En nombre de Ella y de los Derechos Humanos se destruye cualquier cosa, incluso las vidas. La última guerra en Irak nos ha abierto los ojos a mucha gente, que por cierto ya los teníamos abiertos. Ahora, es verdad, los tenemos como platos.
El móvil de las guerras siempre tiene un fondo económico. El telón de fondo puede ser motivado por dos motivos diferentes: uno para solucionar fuera de casa los conflictos internos. Lo hizo Sadam Hussein en la invasión a Kuwait, por ejemplo, según los analistas. El otro para consolidar su poder económico y abrir nuevos campos de intercambio económico porque el mercado actual está colapsado. Creo que en la última guerra sobre Irak sucedieron ambos motivos, dado la caída en picado de la economía actual americana, quizá ya vislumbrada años antes por los analistas.
Sería esperanzador que Obama accediera a la presidencia de EE. UU. A mí me trae recuerdos de John Fizerald Kenedy y de Lutero King. Esta equidistante de ambos. EE.UU. tiene una maldición con el magnicidio. Parece que se hubiera aficionado. Será que lo aprenden en sus escuelas en carne propia, con tanta arma descontrolada. Espero que no corra la misma mala suerte y sepa tanto defender al pueblo americano como defenderse de él. Que la historia no se repita, que Caín no mate otra vez a Abel en este eterno retorno.
En todo caso aquí y ahora voy a exponer el tema sobre la duplicación del sistema monetario internacional a lo largo de su historia. Un asunto realmente grave.
Como abarco demasiados frentes en esta web, poco aprieto. He entendido que esta sección está atrasada, con la gran importancia que tiene. Como no llego a todo, he querido colocar un extracto de mi libro El Espacio y el Tiempo en el arte. Es un extracto de la explicación de una de mis obras titulada El Original Pecado Capitalista. Hay que decir que el comentario lo escribí hacia el 2001 pero creo que no resulta anacrónico. En él se entiende con claridad (eso espero) cómo se duplicaba el sistema monetario internacional con el nuevo sistema Patrón Cambio-dólar. Es lo que Jacques Rueff llamó "El pecado monetario de Occidente", título del libro en el que denunció una práctica monetaria fraudulenta y peligrosa ejercida precisamente por todos los países ricos del planeta. Prácticamente es volver a enunciar de manera resumida aquel libro.
............La lectura del tema que a continuación voy a abordar es la más pesada y aburrida de las explicaciones escritas de esta exposición, como pesada y aburrida es la economía y la política; pero no por ello debe de ser desdeñada. Todo el mundo sabe la importancia de la política y de la economía en el mundo actual y en el ser humano. Relegadas la religión y la filosofía a un segundo plano en la civilización de hoy, la economía y la política se han erigido en el fundamento y preocupación de la humanidad. En todo caso, siempre pueden saltárselo e iniciar su lectura en cualquier parte del libro en el que se relatan los temas sobre estética ya reseñados.
Hay que señalar en primer lugar la relevancia del autor del libro “El pecado monetario de Occidente”, Jacques Rueff, para entender la importancia de su mensaje. Durante toda su vida ocupó cargos relacionados con la actividad financiera del gobierno francés. En sus primeros años se le encomendó el cargo de agregado financiero de la embajada de Francia en Londres. Allí entendió y vio con sus propios ojos el motivo principal de la crisis que causó el crack del 29. Más tarde ocupó otros cargos similares, y llegó a ser subgobernador del banco de Francia, al que siguieron más cargos relevantes, y fue el principal inspirador de la política monetaria, llevada a cabo por el general De Gaulle. Éste mantuvo un pulso férreo con Estados Unidos, la cabeza económica mundial, por discrepancias a la hora de entender esa política monetaria internacional, sobre todo la relación artificial del precio del oro con respecto al dólar, que estaba mucho más bajo que lo que le correspondía en circunstancias normales o naturales.. De Gaulle dimitió a raíz del revés económico operado a finales de los 60 en los que tuvo mucho que ver la revolución de mayo del 68, en pleno pulso del doble mercado de cambios (para el dólar y para el oro). Hubo tantas cosas oscuras en el final de la década de los 60 como las que pueda haber hoy día, pero la muerte de Kennedy, los atentados de De Gaulle y la revolución del 68, que algunos dijeron ser instigada, pudieron tener un denominador común.
Pero lo que a nosotros nos demora es algo real, algo claro, algo que sí sucedió, algo que mencionó Jacques Rueff y que sin más dilación, paso a describirlo.
Lo que denunció Rueff fue el acuerdo aceptado en Bretton Woods en 1944. Este acuerdo no era otra cosa que el cambio operado en el sistema monetario internacional imperante hasta entonces. Lo que se hizo en Bretton Woods fue desestimar el oro como parámetro común para medir la riqueza en el mundo, sustituyendo el preciado metal por una medida de ficción, el dólar, que funcionaba como moneda real de cambio. Al sistema en el que el oro funcionaba como intercambio monetario en la complementaria tarea del intercambio comercial, se le había llamado sistema Patrón Oro. Al nuevo sistema, donde los pagos se efectuaban en dólares, que eran convertibles en oro al menos de momento, se le llamó sistema Patrón Cambio-Oro. El banco central de Fort Knox, en Estados Unidos, era el encargado de emitir la nueva moneda, es decir dólares, contra el oro allí depositado. En realidad ese encargo le erigía en el equivalente de un gran banco mundial.
Los inclinados a ese acuerdo alegaban que en todo caso el dólar siempre tenía su equivalencia con el oro, por lo que en última instancia nada cambiaba en el sistema, porque siempre el dólar podía ser canjeado por oro. Aducían en su favor que la transferencia de oro de un país a otro cuando una balanza de pagos era desfavorable suponía un cargo añadido, un costo que de esta manera se ahorraban y, sobre todo, alegaban que ya no se producirían las graves crisis como consecuencia de las estrecheces de cuello de botella que se solían dar en el mercado económico internacional con el Patrón Oro. Por otra parte, la escasez de oro, cada vez más evidente porque los costos de su extracción aumentaban para sacarlo, inclinaba a los indecisos por esta nueva fórmula de cambio internacional.
Es cierto que ya no se producían esas incómodas y dañinas crisis, al menos aparentemente, porque se alejaban hacia el futuro, en la llamada “huida hacia delante”. El resultado de este nuevo patrón internacional fue y es alarmante.
Lo que ocurría con este nuevo sistema es que se estaba duplicando el stock monetario a escala mundial. Esto se originaba porque el valor de las mercancías venía señalado como referencia al dólar, ya que éste había sustituido al oro en el nuevo patrón. Y aunque el dólar era canjeable o intercambiable por oro en primera instancia, a lo largo del tiempo se descubre la certeza de que ese nuevo sistema se está convirtiendo en una trampa-estafa y sucederá que esa referencia entre el oro y el dólar ya no será más que ficticia.
Comenzó a originarse de la siguiente manera: Los países europeos, dependientes del dólar en sus intercambios comerciales con el nuevo patrón Cambio-Oro, sufrían un efecto inflacionista como consecuencia del escape de los capitales americanos hacia este continente, que buscaban una mayor rentabilidad para su dinero. Por otra parte, el dinero en forma de dólares, aquí ocioso en las arcas del Estado, volaba hacia los mercados estadounidenses, colocándose en estos mercados a corto plazo. Esta limitación de tiempo era una medida de seguridad por si era necesario requerirlo en un momento de crisis por estrechez monetaria en los países europeos. Es decir, de Estados Unidos hacia Europa el capital se colocaba a largo plazo y de Europa hacia Estados Unidos el capital viajaba para colocarse a corto plazo. El tipo de interés en Estados unidos siempre estaba más bajo que en los países satélites. Es obvio, si el tipo de interés estuviese más alto en este país los capitales no emigrarían hacia Europa en busca de mayor beneficio. Y si los capitales europeos no regresaran otra vez hacia EE. UU, el tipo de interés en el país americano tendería a subir por la tensión entre la oferta y la demanda monetaria, ya que se habría reducido la oferta en ese país como consecuencia de la fuga de capitales a Europa. De manera que el motivo de que EE. UU. no se viera obligado a subir los tipos de interés se debía al retorno de los dólares hacia EE. UU. y la situación inflacionista que se generaba en los países europeos se debía al capital americano que inundaba Europa. Era la pescadilla que se mordía la cola. Los capitales americanos venían a Europa y otra vez desde aquí volaban a EE. UU., sin dejar de ser utilizados en este continente, actuando el mismo capital en dos sitios al mismo tiempo.
Lo que estaba sucediendo es que se estaba duplicando el stock monetario que respalda o es el equivalente de la economía mundial. La misma moneda valía para ser contabilizada por el país receptor de esa divisa, por ser incluidas las divisas como parte de las reservas del banco central de ese gobierno y poder ser emitida contra ella moneda para la circulación interior de ese país, y a la vez mantenía la economía y la fluidez de capital en el país de origen, donde era colocada de nuevo a corto plazo.
...”De esta forma, los bancos de Emisión de los países europeos que en la posguerra recibían de ultramar grandes cantidades de libras esterlinas y dólares, en vez de exigir su contravalor en oro, como hubieran tenido que hacer, por lo menos en parte, bajo el régimen del Patrón Oro, dejaban estas libras y estos dólares en depósito en sus plazas de origen donde eran cedidas en forma de créditos a acreedores nacionales”. (El pecado monetario de Occidente)
Antes, la totalidad mundial de las mercancías tenía que corresponderse con la totalidad mundial del oro, o lo que es lo mismo, con las monedas existentes, que no son otra cosa que una sustitución equivalente de ese oro. La relación entre la cantidad de mercancías y la cantidad de oro o monedas que sustituyen a éste, es el precio. El precio no era otra cosa que la cantidad de oro medida en peso, de ahí el nombre de algunas monedas (peso, peseta, libra, etc...). Cuando esa relación cambiaba, cambiaba el precio. Cuando el precio del producto subía, quería decir que su equivalencia con el oro había cambiado y que ese producto se correspondía con más gramos de oro. Cuando bajaba, quería decir que la misma cantidad de oro había que repartirla entre más mercancías de manera que tocaba a menos oro, o que menos cantidad de oro había que repartirlo contra las mismas mercancías. (por ejemplo, porque se ha hundido un barco cargado de oro o se ha drenado oro para pagar deudas al país acreedor). El equilibrio se creaba mediante la oferta y la demanda, de manera automática. Es obvio que un país no se dedicaba a contar todas las mercancías que tenía y hacía una referencia con todo el oro que poseía. La oferta y la demanda se encargaban de ello. Ahora, la relación entre el oro y las mercancías no es exactamente así, aunque entre el precio y la mercancía haya una relación similar, ya que este nuevo sistema monetario internacional surge y está basado en el anterior.
En realidad las mercancías se duplicaban y el oro costaba más extraerlo, por lo que la tendencia general de los precios en el mercado mundial con el antiguo sistema patrón Oro debería ser la de caer (con la misma cantidad de otro se podrían comprar más mercancías si el oro se encarecía, luego los precios tendían a caer por evolución natural), y fue una de las razones más importantes que se alegó en Bretón Woods para la implantación de este nuevo sistema. Con este nuevo patrón Cambio-Oro sucedía lo contrario, los precios tendían a crecer. Así que aunque sostenían que el nuevo sistema era una variación del antiguo, pero en lo fundamental semejante por ser canjeable el dólar por oro, en realidad según los resultados fue muy distinto, totalmente diferente, ya que los precios no caían, sino que crecían.
Una misma moneda estaba en dos sitios a la vez, contabilizada en Europa y utilizada en EE. UU., de manera que se estaba duplicando el stock monetario, y por consiguiente se producía la tendencia inflacionista en los países receptores de estas divisas por un aumento real del poder adquisitivo por la duplicación de stock monetario internacional; además, una consecuencia directa era el desequilibrio de la balanza de pagos en el país del cual procedían las divisas.
.......“Bajo el régimen de Patrón de Cambio-Oro, cada vez que se produce un déficit en la balanza de pagos de EE. UU. o de Inglaterra y los Bancos de Emisión de los países acreedores devuelven las divisas convertibles a sus plazas de origen, se produce en el mundo una duplicación de las bases de crédito”. (Jaques Rueff. El pecado monetario de Occidente)
Lo que ocurría en el país emisor era justo lo contrario de la inflación. EE.UU. era un país con su balanza de pagos deficitaria. Su balanza total era deficitaria precisamente por esa fuga de capitales que buscaban el viejo continente para una mayor rentabilidad de su dinero, ya que el tipo de interés estaba aquí más alto. Los mismos dólares enviados a Europa eran utilizados de nuevo al ser devueltos al mercado americano a corto plazo, de manera que podía mantener una posición de crisis técnica sin que aflorase esa crisis. A su vez, los países que recibían la fuga de capitales que venían de EE. UU., se veían obligados a la larga a devaluar, dada la tendencia inflacionista, si querían encontrar su equilibrio económico. La devaluación, a corto plazo, era beneficiosa porque permitía bajar los tipos de interés, aumentaban las exportaciones y disminuían las importaciones. Pero a largo plazo era perjudicial.
Si por los motivos que fueran, varios países estaban en la necesidad imperiosa de retirar sus divisas del mercado americano a corto plazo, este hecho suponía una grave crisis americana, ya que de repente se retiraba de la circulación mucho capital activo en ese país, pero también significaba una grave crisis mundial por ser el dólar la moneda patrón, y esto hacía que se tomaran medidas menos rígidas, y que no se demandaran esos capitales. Las presiones internacionales y el papel protagonizado por EE.UU. después de la segunda guerra mundial con ayudas económicas para recomponer la maltratada Europa, desaconsejaban reclamar estos capitales y se tomaban medidas alternativas. Por ejemplo, se fue aumentando la franja en la que podían fluctuar las monedas, flexibilizando el sistema monetario, haciéndolo más capaz, pero también más inestable y sobre todo, más injusto, en especial con los países del tercer mundo, porque entre otras cosas eso fue Bretton Woods, una estafa mundial de los países más ricos a los países más pobres.
“Si los extranjeros poseedores de activos en dólares pidieran su pago en oro, podrían provocar un verdadero hundimiento de la estructura del crédito en los Estados Unidos.
Seguramente no lo pedirán, pero el simple hecho de que tengan el derecho de hacerlo obliga a recordar que el derrumbamiento del castillo de naipes construido sobre el Patrón de Cambio-Oro en Europa transformó la depresión de 1929 en la Gran Depresión”. (Jaques Rueff. El pecado monetario de Occidente)
Con el antiguo sistema Patrón Oro los dólares y los francos, si hablamos por ejemplo de Francia, serían intercambiados entre sí por las autoridades monetarias. Pero el exceso de dólares absorbido por el mercado francés tendría que ir de nuevo a EE.UU. y ser canjeado por oro. La salida de oro de EE. UU. obligaría a reajustar el tipo de interés en ese país ya que el drenaje de oro provocaría una disminución en la masa monetaria de circulación interior. Con el nuevo sistema Patrón Cambio-Oro, los dólares regresaban a EE. UU. pero no era drenado oro en su lugar. Se anotaban en los libros de cuentas como una deuda, por eso la balanza de pagos americana era siempre deficitaria y su tipo de interés siempre bajo. En Francia sucedía la situación contraria. La inundación de capital americano provocaba un exceso de inflación que obligaba a las autoridades francesas a subir el tipo de interés y a retirar moneda del mercado francés para controlar los precios. Este exceso de moneda (los dólares que llegaban a Europa) era recolocado en el mercado americano.
A este círculo vicioso del recorrido de los capitales, Rueff lo denomina “el secreto del déficit sin llanto”. Escribe:
“Para constatar que en 1960 existe la misma situación, mutatis mutandis, basta leer el mensaje del Presidente Kennedy acerca de la estabilidad del dólar del 6 de febrero de 1961.
Con admirable objetividad, indica Kennedy que desde el 1º de enero de 1951 hasta el 31 de diciembre de 1960, el déficit de la balanza de Pagos de los Estados Unidos de América ha alcanzado un total de 18.100 millones de dólares.
Hubiera parecido lógico que durante el mismo periodo sus reservas en oro hubieran disminuido en la misma cifra. Pues no; el 1º de enero de 1950 las reservas en oro alcanzaban un total de 22.800 millones de dólares, mientras que el 31 de diciembre de 1960 todavía eran de 17.500 millones de dólares.
La razón de esta incongruencia reside en el hecho de que, durante el periodo considerado, los Bancos de Emisión de los países acreedores, después de crear moneda nacional por el montante del déficit norteamericano, habían vuelto a situar las dos terceras partes de aquellos dólares en el mercado americano. Con lo cual entre 1951 y 1961 sus reservas exteriores habían aumentado en unos 13.000 millones de dólares” (El pecado monetario de Occidente).
Estos 13.000 millones que aparecían de más en el cómputo total, este aumento de las posibilidades del mercado, se corresponde y son los dólares colocados a la vista o a corto plazo en el mercado norteamericano y son los que van a provocar una situación inflacionista en el mundo entero, reflejada en los países satélites del dólar.
Otra de las afirmaciones contundentes de Jacques Rueff era señalar que mientras en ese periodo los precios habían ascendido al doble, la relación entre el oro y el dólar no había cambiado, manteniéndose la relación de intercambio de 35 dólares por una onza de oro. Esto no podía ser lógico y, con el doblaje del stock monetario, formaban dos situaciones encadenadas, o el mismo problema visto desde dos ángulos diferentes. Este hecho no podía traer, como así ocurrió, más que la consiguiente imposibilidad de que el dólar fuese reconvertible en oro, argumento mantenido por Jaques Rueff durante 10 años contra toda la opinión mundial en materia monetaria, y que finalmente se cumplió en 1971.
Que un dólar costase o fuese equivalente a 35 onzas de oro desde el acuerdo de Bretton Woods y prácticamente hasta la inconvertibilidad oficial del dólar en 1971, mantenido ese precio fijo artificialmente, es un asunto íntimamente ligado a las devaluaciones, revalorizaciones y aumento de flujo dinerario en el mercado internacional.
La transacción de dólares por moneda europea ya no sólo se realizaba por motivos de cambio comercial sino también por motivos especulativos. Cuando el capital americano salía de su lugar de origen hacia Europa ya no salía sólo para intercambiar dólares por moneda europea y pagar las importaciones que quería realizar, sino que lo hacía también por motivos especulativos y de inversión, bien porque colocado en los bancos europeos el mayor tipo de interés en Europa reportaba más beneficios, bien porque la inversión directa en el sistema económico reportaba mejores expectativas y beneficios que en el país de origen. El mismo motivo de lucro iban a tener los dólares que regresan a Estados Unidos. El beneficio que resultaba de colocarlo a corto plazo es el motivo de su regreso a ese mercado.
Las multinacionales tuvieron mucho que ver también en ese montaje de doblar el stock del sistema monetario internacional. Cuando Estados Unidos asumió el problema y puso controles a la fuga de dólares, el círculo vicioso y viciado apareció de otro modo. Nacieron nuevos bancos internacionales a raíz de estos controles americanos y de la habilidad inglesa en materia de finanzas. Fueron los ingleses los primeros en fundar un banco de estas características. A ellos, más tarde, se sumó el capital privado americano, formando otros bancos internacionales Estos bancos realizaban exactamente la misma función, el mismo círculo vicioso que el anteriormente descrito. Los dólares de las arcas de los Bancos Centrales o en manos privadas que antes viajaban a EE. UU. ahora ingresaban en estos nuevos bancos de capital privado londinense y americano, y de aquí se colocaban en otros países. A esta moneda prestada y tomada por estos bancos internacionales de capital privado se le llamó Eurodólar. Las multinacionales comenzaron a operar con estos bancos, dada las restricciones que el gobierno americano impuso sobre la salida de capitales. Como se ve, el problema no cesó con las medidas adoptadas por EE.UU., sino que aumentó con el surgimiento de estos nuevos bancos. Estos bancos duplicaban de nuevo el stock mundial porque realizaban la misma función que las autoridades monetarias americanas querían evitar. Y ahora era duplicado de manera más libre y más rápida.
Las monedas europeas se devaluaban con respecto al dólar. Al ser el dólar convertible en oro, las monedas europeas también se devaluaban en última instancia con respecto al oro. Sin embargo, al mantener un precio fijo del dólar con respecto al oro, alrededor de 35 dólares la onza, se estaba creando una situación injusta y fraudulenta. Si se hubiera dejado flotar libremente el precio del oro con respecto al dólar, es evidente que éste se habría devaluado también con respecto al oro porque los dólares habían aumentado al doble, a tenor de los precios, por esa duplicación del mercado monetario internacional. La relación entre el dólar y el oro era artificial y era eso lo que reclamaban Jack Rueff, el general De Gaulle y el Estado francés.
Los productos aumentaron en cantidad con la tecnología desde 1944 hasta 1971, y el oro no podía crecer a ese ritmo, dada la dificultad para extraerlo. Si tenemos en cuenta la cantidad del monto de productos total del mundo y del monto de oro mundial nos encontramos con que ese crecimiento desigual sólo podría haber llevado a dos efectos: o bien los productos caían en precio inversamente proporcional a su crecimiento (suponiendo invariable el crecimiento de oro), o bien el oro tendría a la fuerza que aumentar su valor, que revalorizarse proporcionalmente al aumento de los precios de los productos (suponiendo invariable el monto mundial de oro) Sin embargo, lo que había sucedido es que el precio de los productos había aumentado en 15 años el doble, en lugar de su supuesta caída, mientras el precio del oro había sido mantenido artificialmente a una cantidad fija, alrededor de 35 dólares por una onza de oro. La explicación sólo es posible si entendemos que a la fuerza el eslabón que une el oro con las mercancías produce ese efecto, o lo que es lo mismo, no se corresponde con las mercancías y con el oro a la vez. El dólar, que es el intermediario, se estaba duplicando sin la correspondencia equitativa con el oro, como ya hemos visto y como se deduce de este hecho. Colocar el dólar a su precio justo era colocar el oro a su justo precio; era reajustar el sistema monetario internacional, algo que De Gaulle y Rueff demandaban a los responsables monetarios internacionales, especialmente a Estados Unidos.
Lo que sucedía con el dólar y el precio fijado artificialmente con el oro, es una devaluación técnica, pero a la inversa. No se devaluaba el dólar, como tendría que suceder, ya que el aumento de dólares era una realidad en su relación con el oro. En una situación de oferta y demanda normal, tendría que caer, ya que su cantidad era el doble. Se estaba devaluando artificialmente el oro al no permitir su reevaluación lógica con respecto al dólar. Habían anulado en el sistema la oferta y la demanda entre el oro y el dólar y artificialmente hacían que el valor del oro estuviese alrededor de 35 dólares por onza de oro. Al devaluarlo técnicamente, se conseguía aumentar artificialmente la cantidad de oro (o mejor dicho, la cantidad de dólares que sustituían a ese oro en la circulación monetaria) y esto permitía una constante y creciente liquidez en el mercado internacional para poder seguir duplicando el stock monetario, a la vez que se mantenía el dólar sin depreciarse a pesar de su aumento. El oro ya no era cambio de nada, ya no era una referencia, el sistema monetario estaba adulterado. Eso era una estafa mundial, no sólo americana, también europea, por la rentabilidad de sus divisas en el mercado americano y por su complicidad.
La excusa de mantener el oro a ese precio fijo era alegar un problema de liquidez mundial, cuando realmente lo que había, según Rueff, y según los hechos que corroboraron y corroboran la veracidad de su examen, era un exceso de liquidez, hasta duplicar el stock monetario internacional. La subida de los precios era la confirmación. Esto suponía a la larga la imposibilidad de convertir el dólar en oro, o lo que es lo mismo, la falsedad del sistema monetario internacional de patrón Cambio-Oro. No tardó en hacerse evidente: el 15 de Agosto de 1971 el presidente Nixon, entre otras medidas, declaró inconvertible el dólar en oro. Tal y como había pronosticado Jacques Rueff 10 años antes, sus previsiones se confirmaron.
“El dólar no se ha devaluado, flota”, dijo el subsecretario del Tesoro americano, aclarando un poco el misterio de la frase pronunciada por el presidente Nixon el 15 de agosto: “he dado orden al secretario Connally de suspender temporalmente la convertibilidad del dólar en oro”.
Lo que sucedió a partir de entonces fue un nuevo orden internacional en materia económica. El dólar se dejó flotar, lo mismo que se hizo con el marco después. El Patrón oro había desaparecido, el Patrón Cambio-oro también y ahora aparecía un nuevo sistema protagonizado por el oro-papel.
Jacques Rueff no entendía el problema como una estafa premeditada sino como un error colectivo. No buscaba culpables sino que demandaba soluciones. Cuando realmente el mundo se hace culpable es cuando se vislumbra el problema y, en lugar de atajarlo, hace crónico ese problema. No es sólo responsabilidad del pasado, de igual manera que en 1971 no se pueden escudar en lo que pasó en Bretton-Woods. El problema monetario heredado se parece en la manera de resolverlo al problema del medio ambiente heredado. En la actualidad no somos menos culpables que nuestros predecesores, sino que lo somos más y a sabiendas.
La huída hacia delante es evidente en el sistema monetario internacional. Primero se estableció el sistema Patrón-Oro. Después se sustituyó por el sistema Patrón Cambio-Oro para salir del atolladero. Más tarde, por la misma razón, se ampliaron las bandas de fluctuación en este sistema. Se inventaron los bonos swaps, los bonos Roosa. Se sustituyó este sistema por otro de cambios fijos y flotantes. Siempre huyendo hacia delante. Hoy día la moneda es una moneda inventada, un cesto de monedas, un papel. Los parámetros no son fijos y, pienso, que la facilidad para producir o inventar moneda es escalofriante. El mundo está anegado de moneda. Cuando hay una crisis mundial basta con inyectar más moneda para dar credibilidad. El exceso de liquidez da productividad desaforada, tal vez incontrolada, y esta producción desaforada provoca un consumo devorador. El aumento de consumo y producción exige mayor liquidez y esta mayor liquidez provoca a su vez un mayor y voraz consumo y una desaforada e incontrolada producción que exigirá una mayor liquidez. Es la pescadilla que se muerde la cola. Se quitan trabas, se borran barreras y cada vez que se enciende un chivato de alarma en la gran factoría mundial, se desutiliza ese chivato, se suprime, y con ese oído sordo se soluciona el problema. El nuevo sistema monetario internacional ya no es una herramienta de cambio, un mecanismo de transacción, sino que se ha convertido en una herramienta que promueve y consolida la especulación y la estafa institucionalizada.
Hoy día la liquidez en el mercado internacional es tal que dilata hasta la extenuación el desarrollo económico, hasta el punto de crear las necesidades humanas a partir de las propias necesidades de expansión de la economía capitalista. Es un monstruo ávido de crecer, hasta el punto de correr el riesgo de devorarse a sí mismo. Hoy día se encuentran proyectos en los que es difícil vislumbrar si están diseñados por una necesidad real de carencias o es un mecanismo para mover la enorme masa de capital ocioso buscando rentabilidad, que amenaza con comerse la faz de la tierra precisamente con la excusa del hambre y de la desocupación. La liquidez anega el mundo entero, y sin embargo se dan cuellos de botella, deflaciones y situaciones de estancamiento económico que hace creer que hay escasez monetaria, y se resuelve con una nueva inyección de moneda. Es como inyectar al carburador de un coche que ya va acelerado más combustible. Con este nuevo sistema monetario, adulterado, que no es patrón de nada, a no ser del desorden, el mundo y la humanidad se parecen a un gran yonky en estado de ansiedad por su necesitada droga: el dinero. La huida hacia adelante del capitalismo resulta un desorden, porque no tiene una referencia fiable. Se mueve por auto regeneración y auto perpetuación, modelando a su manera el mundo, el ser humano y la democracia, que a estas alturas no es otra cosa que “la dictadura del capital”. Las ayudas a los países menos desarrollados y la ampliación de mercado no nacen de un principio de solidaridad. No hay nada menos solidario ni individual ni colectivamente que la filosofía capitalista. Esa supuesta bondad obedece a una expansión mercantil e ideológica. El actual mercado está saturado y la liquidez inunda los países desarrollados, amenazando con la sombra del estancamiento económico. La barrera que separa los países ricos de los pobres es cada vez más alta. Crece alarmantemente con el sistema fraudulento impuesto en Bretton-Woods.
Los países ricos se protegen contra las mercancías primarias de aquellos países con moneda devaluada o de menor poder adquisitivo, incentivando mediante paliativos económicos la labor del agricultor y del ganadero en los países ricos y de esta manera colocan artificialmente los precios por debajo de su valor real en un mercado que llaman con ironía de libre cambio. Por el contrario, los países pobres no pueden defenderse de la entrada y salida brusca de capitales que llegan desde el lado rico y que de no salir de estos países ricos, el capital excedente provocaría graves crisis por exceso de moneda. Retirarla del mercado supondría casi el costo del beneficio que proporciona su inversión en los países pobres. No sólo no se defienden los países pobres de este capital, sino que tienen que buscar esta inversión internacional si quieren formar parte del juego, aunque sea perdiendo, ya que sólo pueden ser perdedores en una partida con cartas marcadas.. Menos aún pueden defenderse de la salida brusca de los capitales que pueden ocasionar en ellos una situación alarmantemente delicada, sin hacerse dicho capital, ni sus dueños, ni el país en que habitan sus dueños, responsable de lo que allí ha sucedido. Tampoco el país pobre puede defenderse de la compra de la tecnología, que aunque beneficiosa a priori, hace que en estos países la riqueza no crezca de manera uniforme. Crece de una manera muy desigual e injusta y fomenta un peligroso contraste de sociedades en conflicto, con peldaños de poder adquisitivo mucho más violentos que en los países con el sistema capitalista asentado. Los conflictos y miserias del tercer mundo no son ajenos a los beneficios y seguridades del primer mundo.
Hipócritamente queremos limpiar nuestra conciencia con la ayuda internacional, mientras hemos estado estafando durante años y democráticamente al resto de los países que no forman parte de la élite mundial. El dinero que donan los países ricos a los países pobres es un dinero inventado, que surge de la nada, del mismo lugar que sale cuando estos países necesitan inyectar moneda en el mercado. No es una donación desinteresada. Está remarcada por unas pautas políticas acordes al juego capitalista, que permitirá ampliar una vez más el mercado.
Controlamos la miseria del tercer mundo y la franja que divide esta miseria y el lujo y la soberbia del primer mundo. Y quién controla nuestra ética y nuestro fraudulento sistema monetario, hecho a imagen y semejanza de nuestro sistema capitalista, injusto, elitista, egoísta, e hipócrita, que habla de solidaridad cuanto más injusto es, de justicia cuanto más injusto es, y de paz cuanto más belicoso y dominante es.
Se ha flexibilizado el sistema monetario internacional hasta hacerlo irreconocible, donde bancos internacionales del sector privado mantienen una acción paralela al banco mundial, al que si no lo anulan, al menos merman su actividad de control. Bancos que, si antes anularon las actividades nacionales de parar ese peligroso y estafador juego de duplicación del stock mundial, no creo que ahora sirvan para crear estabilidad, a pesar del compromiso de tener que informar de todas sus acciones al Banco Mundial.
También se ha dilatado, y en igual proporción, hasta límites insospechados la capacidad de consumo del individuo, porque la propensión al consumo es el otro bastión de la economía. La inversión (o lo que es lo mismo, la producción), depende de la propensión al consumo y del tipo de interés. Y no podría mantenerse ese ritmo frenético de producción sin un equivalente y frenético ritmo de consumo.
La relación entre los países pobres y los países ricos es similar a la antigua relación entre las clases ricas y las pobres de un país capitalista cualquiera. Ha habido un cambio cuantitativo que se ha convertido en cualitativo en la extensión geográfica del desarrollo del capitalismo.
Las diferencias de clase en los países capitalistas se han estratificado y no aparece ya ese claro contraste en los dos bandos contrarios: el proletariado y la burguesía (con la nobleza incrustada y disuelta en la clase burguesa). Hoy día, la clase proletaria parece un pastel de hojaldre, que se puede deshacer en infinidad de capas. Son capas sociales con distinta capacidad económica, con poca cohesión, sin identidad solidaria y fácil de ser doblegada.
Sigue camuflado y escondido el principio de riqueza, que no procede de un acto mágico que se gestiona en el vientre de las entidades bancarias. Nadie plantaría en la tierra unas monedas para esperar que un año después esas monedas aparezcan trayendo en la mano los beneficios de los intereses. Sólo el trabajo y el ingenio hacen posible absorber la riqueza natural en beneficio de la humanidad. Pero es la dominación de ese ingenio y de esa fuerza del trabajo por pocas manos las que sostienen un sistema de repartición de riqueza y de poder parcial y piramidal al que ingenuamente han llamado democracia, con fuerzas invisibles que controlan que ese poder y esos privilegios no cesen y no se reparta la riqueza de manera equitativa y racional. Un insignificante tanto por ciento de los habitantes de este planeta poseen más del cincuenta por ciento de la riqueza. Hoy día el poder que algunas empresas, personas y capitales tienen es verdaderamente escalofriante, tanto que una vez más las palabras de Marx el tiempo las hace proféticas, no sólo por la dirección que lleva la economía, también por la dirección que trae la política. “El poder electo no es mas que una comisión administrativa de los intereses comunes de la burguesía”, dice una de sus célebres frases.
Al entender la adulteración del sistema monetario internacional las teorías marxistas adquieren de nuevo su magnitud con su exactitud certera, que no resulta obsoleta después de los años como nos quieren hacer creer. El concepto de plusvalor es imperecedero en el capitalismo porque se ha desarrollado en la práctica sobre él y por él, aunque sigue negando su existencia, o le quita la importancia que tiene en la constitución del orden y del sistema de una repartición egoísta y desproporcionada. Lo peor de todo es que con la adulteración del sistema monetario internacional se han disimulado los males que aquejan al mundo capitalista con lo que se hace más difícil corregirlos. Se han disimulado las crisis cíclicas mediante la inyección de capital, alejándolas hacia delante en el tiempo; en el espacio se han alejado abriendo los mercados comerciales a zonas más lejanas. En ningún momento, en ningún lugar, se ha puesto remedio a los graves problemas que plantea el sistema capitalista. Este sistema es egoísta, piramidal, elitista, y sobre todo peligroso, porque arrastra sus problemas hacia delante, acumulándolos y amalgamándolos en una enorme bola que tal vez sea demasiado grande para las espaldas de la humanidad.
Lord Keynes dijo que Karl Marx no había dicho grandes cosas en lo que se refiere a teoría económica porque no había dado soluciones. Presiento que quien no dijo grandes cosas fue Lord Keynes, porque repitió lo que ya había dicho Karl Marx. La solución que aportó es la que ha generado el proceso de “huida hacia delante”. La economía moderna se apoyó en las teorías de Lord Keynes, que proponía que en periodos de crisis el estado debía aminorar sus efectos regulando la ocupación. En periodos de estancamiento económico debía acometer, por ejemplo, obras públicas, para paliar la deflacción. Una vez superado esta crisis, debía otra vez ser moderador en el proceso económico y enfriar la economía. Pero este enfriamiento a la larga suponía deflacción otra vez, de manera que una vez que el Estado se había endeudado no había manera de bajar ese ritmo de producción y ocupación que había provocado. Asentado ese ritmo productivo y esa ocupación, otra vez la producción saturaba los mercados y se producía la deflacción y el estado tenía otra vez que intervenir en la producción y en el consumo, provocando la huida hacia delante una vez más. Con el tiempo, ni siquiera el Estado necesitó de una intervención directa. Le bastaba con una intervención indirecta de manipulación de su mecanismo monetario Con la adulteración del sistema monetario internacional, estas intervenciones se hicieron crónicas, y parecía que las crisis eran de subproducción, cuando en verdad venían originadas por sobreproducción y saturación. Y como era y es el mundo capitalista el que inventa y acuña la moneda que respalda este sobreexceso de consumo y ese sobreexceso de producción, nunca tenía problemas para crear moneda ficticia en caso de necesidad, que era continuamente. El Estado ejecutaba la función de reavivar los mercados. Pero resultaba a la larga que una vez superado un peldaño, era imposible bajarse de él. El enfriamiento era ficticio.
La solución que lord Keynes propuso y que el mundo capitalista aceptó, no es menos perversa que las soluciones de las crisis cíclicas que el propio sistema capitalista creaba en la terminación de un ciclo económico. Estas crisis periódicas, cada vez más grandes, acabarían según Marx, derribando el sistema capitalista. La anticipación a ese atroz momento era la proclama de la ideología marxista. Acometer los efectos enfermizos de un sistema enfermo antes de la máxima efervescencia de la enfermedad planteaba una solución más asequible. La historia nos ha llevado por otros derroteros. Sin embargo, hoy vemos que el problema sigue latente, de otro modo, de un modo acumulativo, de huida hacia adelante, que hace que el problema se sume en tal cantidad que tal vez al final nos resulte tan grande que ya no sea manejable, a pesar de la tecnología, de los inventos y de que el hombre haya pisado ya la luna o realizado el mapa del genoma humano.
Los problemas del capitalismo que suelen aparecer a intervalos, no son problemas de subproducción, como se quiere hacer creer, sino de sobreproducción, o al menos de producción descontrolada. Este problema de producción es un problema de repartición. Existe una repartición desigual y peligrosa, que se perpetúa de forma automática. Se recurre, huyendo hacia delante, a una sobreproducción y se hace un reparto desproporcionado, de manera que los que no tienen nada, tienen un poco, y los que tienen mucho, tienen mucho más. El capitalismo ha subido un grado y si antes el grado de explotación y apropiación indebida de la riqueza mediante el mecanismo del plusvalor se registraba entre capitalista y obrero, hoy día ese mecanismo se ha agigantado, y ese efecto pernicioso ha crecido y se ha consolidado entre países. Así, los países ricos expoliamos los países pobres de manera democrática y los obreros del primer mundo, esclavos privilegiados del capital, pasamos indirectamente a ser los señores capitalistas para los países del tercer mundo y del mundo periférico al sistema solar del sol “Dólar”, del cual Europa es su satélite preferido y no está exento de complicidad en esta estafa. Porque el que exporta productos, exporta desempleo. Y allí donde no se puede exportar producto, o la exportación resulta no favorable, se exporta política, ideología o, si no hay más remedio, se exporta guerra. La economía, la política y la guerra están en la misma senda.
De manera que con esta nueva visión de la evolución del sistema monetario internacional y su adulteración hoy podríamos afirmar que permanecen más vigentes que nunca las leyes de Karl Marx sobre economía.. En lugar de resolverse las crisis, cada vez mayores, que pronosticaba su autor, lo que se hace es mandarlas hacia delante mediante la solución de inyectar dinero inventado en el sistema monetario, dinero que no es real, que no se corresponde con la solución real. Ese dinero dilatará la economía pero también provocará, pasada la crisis, una bolsa dineraria especulativa que generará otra vez el mismo problema anterior sólo que con mayor intensidad, y así sucesivamente en esta huida hacia delante. Nos quieren hacer creer que esas citadas crisis cíclicas ya no existen porque no se manifiestan y que la teoría marxista del capital ha quedado obsoleta. El capitalismo es una continua y acumulativa crisis de huida hacia adelante, crisis económica, crisis ecológica y crisis social; y cada vez más agudas.
La adulteración del sistema monetario internacional no sólo fue una estafa mundial a los países del tercer mundo, también fue una estafa, una mentira, al mundo entero. Fue una estafa a la razón, a la lógica, pero no sólo es responsabilidad del pasado, sino del presente. Nosotros estamos sosteniendo y agrandando y encubriendo esa estafa, esa mentira, aprovechándonos de ella, pero en cualquier momento se vuelve en contra, no de éste o de aquél país, sino del propio mundo, porque el pecado monetario de Occidente, como dijo Jaques Rueff, es un pecado contra el sentido común.
Quiero añadir unas frases con que comienza un libro publicado en 1973 del también francés Philippe Simonnot, periodista y economistas del diario Le Monde y que en cierto modo recuerdan los tiempos actuales. Escribe así: “Pocas veces la Historia habrá sido tan ejemplar como en 1971 hasta un extremo caricaturesco. Mediante un atajo que sólo ella conoce, ha combinado dos crisis contradictorias que ha resuelto contradictoriamente: entre los poseedores, una crisis de superproducción, encubierta bajo la capa de una crisis monetaria; en los desheredados, una crisis de subproducción, o lo que equivale a hablar aquí de superpoblación. Por una parte hemos asistido a un desplazamiento del excedente de riqueza, por un valor de miles de millones de dólares, en busca de ganancias, por otra al desplazamiento del excedente de población, calculable en millones de hombres en busca de pan y dignidad; por una parte se ha rozado la guerra comercial, que se ha logrado evitar, finalmente, gracias al acuerdo establecido entre los diez países más ricos del mundo firmado en Washington el 18 de diciembre de 1971, por el otro se ha llevado a cabo una guerra, la guerra entre los pobres, guerra escandalosa, pues ha demostrado que la solidaridad internacional de los proletarios era mucho más frágil que la de los capitalistas, a pesar de todo lo que se haya podido afirmar sobre la rivalidad de los imperialismos. Guerra fatal, puesto que únicamente la guerra permite reabsorber (en parte) el excedente de población y el acrecentamiento de producción”.
Otra vez aparecen encadenadas la economía, la política y la guerra. También Herbert Marcuse dijo algo semejante. Esta construcción lógica y coherente pueda parecerse a una fantasía catastrofista. Yo les recuerdo que no he dicho otra cosa que las que han dicho Simonnot, Marcuse, y sobre todo Jacques Rueff hace más de treinta años y que el tiempo le dio la razón en sus predicciones. Por encima de toda opinión y contra todo pronóstico, sosteniendo su tesis a lo largo de diez años, el tiempo le dio la razón a Jacques Rueff al anunciarse la inconvertibilidad del dólar. El nuevo sistema monetario está asentado sobre aquel error y repite los mismos fraudes con los mismos riesgos, sin haber solucionado los antiguos problemas.
Se puede pensar también que podría ser peligroso para la estabilidad económica mundial hacer estas afirmaciones, o por el contrario, se puede pensar que no sirven de nada, puesto que Jacques Rueff ya las enunció en su momento y nada cambió con ello. Pienso que es muchísimo más peligroso callarlas, porque el problema es acumulativo; crece y se desarrolla como un cáncer, como una enfermedad que el día menos pensado soltará su virulenta ponzoña y que, sabemos, nunca se curará por sí sola. Cuanto más se tarde en ponerle remedio, si es que aun lo tiene, más difícil será su solución. En una enfermedad mortal es difícil asegurar que el remedio sea peor que la enfermedad. Pero, en todo caso, el remedio que indirectamente suelen poner nuestros dirigentes cuando ya no hay remedio, es el remedio que se repite a lo largo de la historia, y que en realidad no lo ponen nuestros dirigentes, que son los que lo proponen, sino nosotros que somos los que consentimos. Ese remedio es, créanme, la guerra.
Cuando la fluidez económica se estanca, se llega a la política y cuando la fluidez política se estanca, se produce la guerra. Las guerras tienen siempre connotaciones económicas. Lo que sucede es que las disfrazamos con equívocas insignias. La conquista de América se hizo en el nombre de la conversión al cristianismo, mientras se ponía de manifiesto el lado más rapaz y codicioso de los conquistadores. La aniquilación de los indios americanos tuvo de excusa la civilización. ¿Quién fue realmente el salvaje?. Hoy día se exhiben insignias como “democracia”, “razones humanitarias”, “paz duradera”.
Incluso en aquellas guerras en las que no aparece de telón de fondo una base económica, son guerras que se originan por actuaciones precedentes o futuras. Una posición estratégica militar supone una posición estratégica política y, por lo tanto, también económica.
El dominio militar supone un dominio político y económico. Por otra parte está el enorme peso de la industria militar. Un país destruido es un país a reconstruir y mueve la economía del país que pone las normas (alguien tiene que pagar tanto gasto invertido en destrucción y puede ser una huida hacia delante para un estancamiento). El material bélico destruido será una vez más también repuesto y una vez más mueve la economía. No desprecien este poder fáctico. Un pequeño ejemplo: es increíble que en EE.UU. se sigan vendiendo armas para uso particular después de semejantes barbaridades. Pero es que el poder de millones que mueve esa industria puede afectar incluso a los resultados electorales. Imagínense entonces el poder de la industria de la destrucción a escala mundial. Aunque esta cuestión económica directa es insignificante ante las cuestiones indirectas por las que se produce la guerra.
Por lo tanto habría que tener en cuenta cuándo y cómo se produce una guerra, no sólo en el país invadido, sino también en el invasor. Habría que tener en cuenta no sólo por qué en ese lugar, sino también por qué en ese momento. Habría que tener en cuenta que está sucediendo en el país a invadir, pero también lo que está sucediendo en el país invasor, por encima de las cosas aparentemente ciertas e irrevocables que nos cuentan.
Las guerras actuales y las futuras podrán tener muchos pretextos, muchas justificaciones, pero hay que mirar sólo por si acaso la trayectoria de las bolsas mundiales en los meses precedentes o años que preceden a los conflictos para asegurarnos que estos conflictos son casuales, que no son una cortina de humo para tapar las crisis y las saturaciones de mercado. También hay que mirar el potencial económico y el potencial estratégico que tiene el país a invadir. La guerra es un negocio, un vergonzoso negocio.
Además, las guerras de ordenador, las guerras calculadas, empiezan peligrosamente a proliferar, como si el mundo fuese un tablero de ajedrez. Nadie puede calcular con exactitud el odio, ni el rencor, ni el horror, ni tampoco se puede medir o calcular el sufrimiento.
En las guerras que nos venden hay un trasfondo que nunca cuentan. Las guerras siempre encubren sus verdaderos motivos. No me puedo creer que la muerte de un solo hombre origine la primera guerra mundial, es decir, no me creo que la muerte de un solo hombre origine la muerte de tantísimos hombres después. Tampoco me creo que el poder seductor de un solo hombre, Hitler, origine la segunda guerra. ¡Si no creo que un artista, que se basta el solo para defender su trabajo, no compone ni el gusto de la época ni la trayectoria definitiva del arte, sino que es una pieza más, cómo voy a pensar que un solo hombre por poderoso y seductor que sea planifique y decida la suerte del mundo entero! Me parece más sensato darle credibilidad a otras opciones. Por ejemplo, me parece más sensato creer los vaticinios del economista Lord Keynes, que decía que las condiciones económicas impuestas sobre Alemania podían traer la segunda guerra mundial, que podía poner el caldo de cultivo.
Hay un gran poder destructivo en la decisión de pocas manos, con una población paralizada y pasiva. Este poder se siente seguro con los cálculos y previsiones de los estadistas; pero, como he dicho, no se puede calcular ni el odio ni el sufrimiento. Las guerras son planteadas con la frialdad de una operación quirúrgica y publicitadas por una capciosa propaganda, que neutraliza la opinión popular.
Me fiaré muy poco de las palabras e imágenes que me bombardeen desde la televisión, ni de esos seres repugnantes, tan malos y perversos que me ofrezcan y que suele fabricar la propaganda que precede a toda guerra. Ningún hombre solo, por grande y poderoso que sea, determina la suerte del mundo. Esa suerte la determina nuestros pequeños gritos y nuestros grandes silencios, nuestras cobardías y nuestras valentías. Lo determina nuestra pequeña conciencia cuando niega o afirma, cuando denuncia o calla, cuando se hace cómplice o se niega a la complicidad. Por eso, leeré entre líneas, por encima de la propaganda manipulada y de los razonamientos interesados, cada vez que haya un conflicto en el que se involucre el estamento social que me representa y que actúa en mi nombre, sin pedirme la opinión para cosas tan graves (¿Hay algo más grave que una intervención militar como la que sucedió en la antigua yugoslavia, que provoca miles de refugiados y tantas víctimas y horror?), y haré lo que mi conciencia me indique, callar o gritar, sabiendo que a esa hipotética guerra va algo más que mi seguridad o mi futuro: va mi conciencia.
Nada mejor que cerrar las disertaciones con formas sentenciosas que traten de asir lo inasible, a la manera en que los epitafios quieren resumir en una frase lapidaria toda una compleja vida. Por eso quiero decir, para poder terminar, que no es, como quieren hacernos creer, el mejor mundo de los mundos posibles. Pocos han hecho poco por cambiarlo y muchos han hecho mucho porque no cambie, ni el mundo, ni sus intereses individuales. Cambian las formas, pero no los contenidos.
El pragmatismo que asola los últimos tiempos, que cambia lo verdadero por lo útil, no podrá entender nunca que lo verdadero siempre es útil, mientras que lo útil no siempre es verdadero y en los tiempos que corren, no sólo está faltando la verdad a la utilidad, sino que a la larga la utilidad acabará resultando inútil.
(Julio,2008)
¡Estamos en crisis!. No nos saben decir en qué consiste exactamente la crisis. Bueno sí que nos dicen algo: hay falta de liquidez, burbujas inmobiliarias que estallan, etc... Desde el Fondo monetario internacional se aconseja moderar los salarios para reprimir la inflación y que ésta no se vuelva recurrente y que la economía no caiga en una espiral inflacionista. Desde el gobierno de Rodriguez Zapatero se aconseja (bueno se aconsejaba hasta ahora, pero va cambiando día a día la opinión de qué se puede hacer contra la crisis) no obstante consumir para que no se entre en un proceso de recesión y que se siga trabajando y produciendo al máximo ritmo posible y que no aumente así el desempleo. A ver quién es el listo de entender esta contradicción, quién es capaz de gastar más con menos dinero. Si los sueldos no suben al menos lo que ha subido el IPC, en las manos del consumidor habrá menos poder adquisitivo real y podrá comprar menos productos. Si se compran menos productos sobrarán productos en el mercado y bajará la producción por el desequilibrio entre la oferta y la demanda por la disminución de la demanda (que caerá también si se reducen a la vez los préstamos por la creciente morosidad) y aumentará el paro al bajar la producción. Si aumenta el paro volverá a caer el poder adquisitivo del consumo en general y provocará otra vez una disminución de la demanda, etc... y entraríamos así en un proceso claro de recesión...
No seamos catastrofistas, aunque hay motivos para serlo. Este supuesto sólo reflejaría el proceso inverso de creación económica basado en el Keynesianismo y que ha guiado la economía desde principios del siglo anterior hasta ahora. El keynesianismo es el invento más fraudulento del siglo. Bueno, por lo menos el Keynesianismo aplicado a los tiempos actuales. (Esto es algo complicado. Antes de aparecer el Euro, cuando en una nación europea se aceptaba por ejemplo flexibilizar la mano de obra o bajar los sueldos por debajo del IPC, ocurría que el producto elaborado salía mucho más barato y competitivo que el de las naciones vecinas, por lo que era más fácil exportar. Exportando más cantidad aumentaba realmente la producción porque sin aumentar el consumo interno nacional, la demanda total de producto es obvio que aumentaba. Es decir, se podía en términos absolutos producir más consumiendo menos, justo la receta que se quisiera aplicar ahora desde el gobierno. Pero era un periodo económico y una situación totalmente diferente a la que ahora tenemos, en el que las monedas podían ser también devaluadas, y aunque no era bueno para la economía de ese país, todo lo contrario, era el único recurso de defensa que tenía contra las monedas más fuertes y la especulación, que se creaba automáticamente ante la paridad artificial de una moneda sobrevalorada. Pero hoy día los analistas y responsables de la economía europea, ya no pueden juzgar y curar la economía global con los parámetros y recursos defensivos de ayer. Por eso caen en esas contradicciones de bajar los salarios y aumentar el consumo, por ejemplo, algo imposible por otra parte. Más difícil todavía si EE.UU. está en una situación delicada también. La zona Euro se creó para defender con una moneda fuerte las tendencias inflacionistas de las monedas que dependían de su paridad con el dólar, sobre todo las que estaban sujetas a un cambio fijo y no flotante. Se creaba una zona más estable, sin duda. Podían quitar tal vez así la especulación entre monedas, pero no han podido evitar que la especulación se haya insertado en esos parámetros fijos y de primera necesidad como pueden ser la vivienda, el petróleo y los alimentos, que no tienen mecanismos para defenderse porque llegan directamente al consumidor desde las manos especulativas de los brokers, que no son más que la voluntad manifestada en operaciones matemáticas de los inversores de bolsa, quienes individualmente son todo lo inocentes que quieran, pero colectivamente son los responsables de esta crisis que es menos debida a la subida del petróleo que a la especulación, porque la primera es consecuencia de la segunda y no al revés. Por una vez los gobiernos van a tener que mirar hacia arriba en vez de hacerlo como siempre hacia abajo. Además las compañías se van fusionando y haciéndose cada vez más grandes, como pronosticara Karl Marx, eliminado paulatinamente el principio de oferta y demanda que ha regido como piedra filosofal todo el mecanismo del sistema capitalista desde su origen. )
Supuestas las continuas crisis cíclicas e inevitables de la economía mundial, muy bien explicadas por Karl Marx en su libro El Capital en el que la alteración del tipo de interés y de los precios eran los referentes mejores para saber en que proceso de actividad económica se encontraba la economía en cada momento, y sabiendo que esas supuestas crisis económicas y financieras eran inevitables, Lord Keynes propuso un remedio eficaz para su tiempo: El Estado en tiempo de colapso económico y recesión debía intervenir directamente en el mercado y aliviar e incluso hacer remitir tal crisis y el desempleo que ella conllevaba. El mecanismo era muy simple. En periodos de recesión el Estado debía acometer por ejemplo grandes obras públicas, como pantanos, carreteras, canales, etc.. De esa manera conseguía un doble efecto en la ocupación. Por una parte se daba una actividad directa contra el desempleo motivada por la ocupación surgida al ejecutar estas grandes obras. Por otra parte se acentuaba una ocupación indirecta del empleo, generada por el aumento de consumo de nuevos activos de trabajadores que suponían una inyección de consumo del que se infería un aumento proporcional en la actividad productiva a dicho consumo. Más tarde, esta actividad directa del Estado fue reforzada por una actividad indirecta, interviniendo en los mercados financieros, es decir aumentando o bajando la cantidad dineraria en el mercado, por ejemplo mediante bonos del Estado, con los cuales se retiraba del mercado excedente dinerario. ( Al menos excedente en el mercado nacional, lo cual no quiere decir que ese excedente estuviera inactivo bajo el colchón, como veremos). Lord Keynes era partidario de enfriar la economía una vez superada la fase de crisis, pero en realidad una vez insuflado ese aumento beneficioso de capital en el mercado se producía un aumento de producción proporcional del que no se podía bajar ya, perpetuándose una crisis hacia delante, de manera que cada vez que surgía de nuevo la temida crisis se aumentaba la liquidez total del mercado mundial y este mecanismo sólo era posible como veremos por la adulteración del sistema monetario internacional, adulteración que ha corrido pareja con esta nueva y peligrosa economía de huida hacia delante.
Sólo hay una manera de que el consumidor consuma más con menos sueldo, y es precisamente lo que ha sucedido hasta ahora en la evolución de la economía mundial. Esa manera no es otra que el aumento del crédito, ya sea aumento del préstamo hipotecario, ya sea aumento de préstamos al consumo. El crédito hipotecario ha aumentado en cantidad, es natural. Pero también ha aumentado en tiempo. Antes se concedían para 20 años. Ahora se dan para 30 años. Un préstamo a fin de cuentas permite consumir hoy y mantener la actividad productiva de ahora con el dinero que ganaremos dentro de muchos años más tarde. Además, mediante el dinero de plástico o tarjetas la rapidez de transacciones que se anulan entre sí es muy rápida de manera que un mismo dinero puede estar en varios sitios a la vez, como si tuviera la ubicuidad de Dios, aunque todos sabemos que el problema se crea cuando es solicitado de pronto desde todos los frentes, y más cuando hay peligro de perderlo, cuando asoma el fantasma de la crisis. Con la velocidad del dinero en el mercado es posible como he dicho contrarrestar débitos y haberes con la rapidez de las teclas de un ordenador y volver a aumentar el crédito en el mercado por encima de sus posibilidades reales. Pero esto sólo es un problema muy pequeñito en la inmensidad de circulación del dinero mundial. El problema se agrava hasta el miedo cuando un mismo capital puede estar representando y sustentando distintas economías en diversos lugares del planeta. Cuando surge la crisis y se reclaman los correspondientes capitales aparece el fantasma de la liquidez. No hay liquidez. Y tras la crisis financiera viene a galope la crisis económica, tal y como llegan la lluvia y los truenos tras el viento húmedo que les precede.
Esto sólo puede suceder si se ha alterado el estricto control del sistema monetario internacional. A lo largo de estos años, ya casi un siglo, desde el crack de 1929, no se ha hecho otra cosa que ir suprimiendo paulatinamente las alarmas que el sistema monetario internacional ha encendido. De esta manera parece, y los propios economistas se lo creen, que cuando comienza la crisis financiera es por un problema de liquidez, y realmente comienza de esa manera. Pero en realidad, como demostrara en los años sesenta el prestigioso economista francés Jacques Rueef, los problemas económicos no surgen por un defecto de liquidez sino por un exceso de liquidez mundial, aunque parezca una contradicción, como consecuencia de la duplicación del sistema monetario internacional. Avisó este economista francés durante la década de los sesenta que el dólar sería inconvertible en oro, a pesar de que todos los indicadores visibles parecían llevarle la contraria. Sin embargo, el 15 de Agosto de 1971 el presidente de los EE.UU. Richard Nixon anunció lo inevitable: que el dólar ya no era convertible en oro y que dicha moneda se dejaba flotar. Pero de esto hablaré más adelante, cuando explique la evolución del sistema monetario. No hay que dejar de lado que la economía moderna se sustenta sobre la antigua. Para entender lo que está pasando ahora hay que entender lo que ha pasado hace algunos años atrás. Si las premisas de la economía actuales han surgido por ampliación, modificación o adulteración de las antiguas, hay que mirar hacia atrás para ver dónde se han modificado, qué se ha modificado y para qué o por qué se ha actuado así. Como digo, eso lo haré más tarde.
Ahora quiero comentar la crisis que estamos viendo o que comenzamos a ver y padecer aquí. Se manifestó primero en EE.UU. pero ya ha empezado a mostrarse también aquí en nuestro país con bastante virulencia. De momento están los 1.100 despidos de la compañía Spanair (que bien puede atribuirse los problemas de la compañía a la subida del petróleo) y sobre todo el desplome de Martinsa-Fadesa. No puede obtener un crédito de 150 millones de Euros porque los bancos cuestionan su solvencia. Los acreedores financieros de Martinsa han examinado sus cuentas y han dictaminado que no genera ingresos suficientes para respaldar nuevos préstamos.
Su deuda es de 5.100 millones de euros según las primeras noticias de RTVE, aunque parece que ahora se ha comprobado que son más, unos 7000 según el periódico El País. Los activos financieros ascienden a 10.800 millones. Aunque los activos superan en más de 3000 millones de euros se encuentra que no tiene liquidez, que no tiene dinero para pagar sus deudas. Debe presentar suspensión de pagos, y además es la de mayor cuantía de la historia económica española. Tiene activos suficientes pero no tiene liquidez.
Podríamos decir que tiene dinero pero lo tiene en demasiados sitios a la vez, o en ninguno, como si lo tuviera en el aire.
Los bancos que hasta ahora financiaron las deudas de la empresa, ahora cierran el grifo. Es una anormal restricción del crédito debido a la penosa situación financiera mundial. Los bancos son empresas a quienes los ahorradores, empresarios, etc.. entregan su dinero y que a su vez él lo coloca en el mercado mundial sacándole beneficios, desde luego, pero que tiene que responder también ante los acreedores. Como cualquier empresa debe tener también solvencia para efectuar pagos, debe tener liquidez. Más si cabe, en momentos de encarecimiento de precios, de inflación y de urgencia de tener dinero activo pueden los ahorradores solicitar parte de su dinero. El hecho de tener el dinero invertido, los bancos también, en demasiados sitios obliga a restricciones penosas por seguridad. Y si hay algo para identificar el comienzo de las crisis cíclicas es la dificultad de liquidez. Esto, la precaución y el miedo, va a hacer que no sólo se restrinja el préstamo a empresas con activos inflados por la especulación (Martinsa puede tener más de 3.000 millones de diferencia en activos frente a 150 millones que solicita de préstamo, pero esos activos puede tenerlos en viviendas invendibles porque el mercado no las puede absorber o en otras circunstancias en las que no es posible convertirlos en dinero) sino que hasta puede abarcar también a empresas solventes y terminen asfixiadas.
Todo esto que se oye no es nuevo. La compra de Fadesa por Martinsa ahora dicen que ha sido en realidad no una torpeza sino una fuga acelerante, o lo que es lo mismo una salida de urgencia para disimular un año atrás su también dificultad financiera. No es nuevo porque Karl Marx ya vaticinaba y denunciaba hace casi dos siglos que, antes de producirse el crack con el que se manifestaba la fase destructiva de los ciclos, una empresa que parecía ser muy solvente en realidad las compras y adquisiciones las hacía como una vía de escape. Lo mismo hablaba de la imposibilidad de distinguir entre especulación (delictiva es su tiempo) y mecanismos de compra venta normales. También Jacques Rueff mencionó la paradoja de que hay sequía monetaria en una política de inundación monetaria, una potente estrechez económica cuando hasta hace muy poco había mucho dinero y muy barato. De repente el inversor tiene miedo y el dinero se esconde como los cuernos del caracol y no saldrá hasta que salga el sol de nuevo.
¿Pero qué se puede hacer para que salga de nuevo el sol monetario?
Los mismos políticos de bandos distintos (si es que se puede decir que en un sistema capitalista El gobierno y la oposición son dos bandos distintos o simplemente dos grupos de poder con fines semejantes, más aún si las medidas económicas, sociales y laborales son muy similares) caen en la contradicción una y otra vez. Es lo que ya he dicho. ¿Cómo se puede seguir manteniendo la producción al mismo nivel, o lo que es lo mismo los puestos de trabajo, o lo que es lo mismo la tasa de desempleo en un periodo de recesión?
La política monetaria y la economía por muy sofisticadas y enrevesadas que sean siempre tienen que estar englobadas en una ecuación elemental: oferta-demanda o lo que es lo mismo que todo lo que se produce sea absorbido por lo que se demanda. Pero hasta ahora lo que ha sucedido por una parte ha sido una sobreproducción desaforada (producto de una política monetaria de duplicación del sistema monetario internacional) que ha encontrado su eventual equilibrio en la ecuación mediante unos préstamos también desaforados, préstamos basura, préstamos al consumo, préstamos para ir de vacaciones, etc..(también producto de una política monetaria de duplicación del sistema monetario internacional evidentemente). Ahora quieren mantener la misma sobreproducción los mismos puestos de trabajo cerrando el grifo monetario de la compra, el mismo que ha hecho posible esa sobreproducción, ese máximo empleo de los que los gobernantes estaban muy orgullosos. Es evidente que no se puede prestar con esa ligereza y no es menos evidente que la duplicación del sistema monetario ha dilatado tanto la producción como el consumo hasta poner en un débil equilibrio la oferta y demanda. El mercado no se autorregula solo, como quieren hacernos creer algunos economistas. Si algo se hace continuadamente es regularlo, intervenir en él; desgraciadamente en balde, o en contra, porque lo único que se hace es alejar la crisis hacia delante, a una crisis todavía mayor. Esta ya es muy grande porque la restricción de créditos amenaza con un menor consumo que desbaratará otros puestos de trabajo, que hará caer el consumo, etc... Es cierto, en algún sitio parará. No quedan medidas de devaluación de la peseta por ejemplo y las maniobras van siendo más difíciles a medida que se avanza en la globalización de los mercados, del consumo, de la cultura y de la guerra.
Tengo para mí que hay sólo dos soluciones a esta crisis. Una ya se ha puesto en marcha. Es la más utilizada hasta ahora yla más vergonzosa también. ¡Es la guerra! Para crear hay que destruir. Siempre se ha dicho eso. Y siempre se ha hecho. La primera guerra mundial y la segunda tuvo siempre un trasfondo económico, además de algunas coincidencias, ajustes y desajustes monetarios anteriores. Resulta alarmantemente curiosa la artificial guerra contra Irak. Siempre he pensado que de las guerras hay que mirar hacia dónde van dirigidas pero también desde dónde se dirigen. Cuando comenzó la guerra se me ocurrió mencionar que EE.UU. quizá pudiera tener algunos problemas financieros. Creo que se cuajó poco después del escándalo de Enron, algo más de un año más tarde que los problemas financieros de una de las empresas de energía más importantes del mundo. Además he sostenido que Jaques Rueff siempre ha tenido la razón denunciando el sistema monetario internacional adulterado y fraudulento. Con la nueva entrada del Euro era evidente algunos cambios, por lo demás inevitables. Aunque nunca habríamos podido imaginar que en el substrato económico podía estar esta crisis que ha hecho que se abra el abismo a nuestros pies, no a los de una nación concreta, sino a los del mundo entero. Por eso es fácil imaginar que una guerra artificial pretendiera colocar un puente en el abismo, una red redentora, si los analistas pudieron prever hacia donde iba inevitablemente la economía mundial. Por eso digo que una de las soluciones socorridas a las grandes crisis es la Guerra, como siempre. Lo malo, como dijo alguno, es que si hay una tercera guerra mundial la cuarta ya no será con bombas sino con garrotes. Habrá que tener eso en cuenta, aunque nos quieran hacer creer que las guerras se hacen después de haber intentado lo imposible para que no sucedan.
La otra solución es más difícil, más improbable, pero más justa y más racional. Sería volver a remodelar el Keynesianismo pero en este caso para el bien colectivo, no para el beneficio particular. Se trataría de desandar el camino andado hasta ahora por el capitalismo. Tendríamos que ir sin ninguna duda hacia el socialismo y hacia el comunismo; digamos hacia el comunismo porque el socialismo occidental es hoy día indistinguible del capitalismo. En realidad cuando hablo de comunismo tampoco me refiero a imitar las reglas, medidas y disciplinas de la antigua U.R.S.S. sino a hacer de todas las cosas y problemas algo común. De hacerlo para todos. Porque los problemas ya son globales. No sólo las economías, también la ecología y por supuesto las guerras.
Así que nada más fácil. Sobra mucha mano de obra con la caída del ladrillo especulativo y la recesión que se avecina; falta mucha energía renovable por hacer. Lord Keynes manifestó que si se enterraran botellas vacías y se pagara por ello y se desenterraran después por el mismo precio, no habríamos hecho un trabajo inútil porque había mano de obra ocupada y asalariada cuya capacidad adquisitiva volvería a crear consumo y a generar empleo de nuevo. ¿Pero de dónde sacamos el dinero para pagar los salarios a esta nueva masa productiva que se ocupará en las nuevas energías renovables? Pues del mismo sitio de donde lo sacaba Lord Keynes en sus divagaciones y de donde lo ha sacado el sistema capitalista hasta ahora. De la nada. De duplicar el sistema monetario, de inventar dinero inexistente, dinero artificial Lo bueno además será que la nada no se puede repartir entre unos pocos como la riqueza hasta ahora, sino que lo tendremos que hacer entre todos. Más vale la guerra de la miseria que la miseria de la guerra; más vale repartirnos un miserable trozo de pan que una ración doble de metralla.
Seguramente ésta será una crisis más de las que pasan, sólo que más violenta. Pero el tiempo se agota y la próxima será todavía mayor, como pronosticó Marx. La capacidad de reacción es cada vez más limitada. Debería ser este atolladero económico un punto de reflexión para mirar el pasado y el futuro. Debería ser también un punto de inflexión para abandonar paulatinamente el Capitalismo (hacerlo de golpe sería un suicidio. No estamos en el siglo XIX) y aproximarnos al socialismo o comunismo (ausencia de capitalismo) o como lo queramos llamar, diferente a los socialismos y comunismos practicados hasta ahora que, como dice Herbert Marcuse, no han sido sino capitalismos de Estado, como está sucediendo ahora mismo en China. Cada vez es más evidente que los problemas son colectivos, como ya he dicho antes. También debería ser un punto de inflexión para relanzar las energías renovables, ahora que se debe potenciar la ocupación más que nunca para hacer frente a la recesión, aunque sea de manera artificial, desafiando las leyes del mercado. Porque qué leyes del mercado son esas que elogian los partidarios del capitalismo desaforado que permiten y regulan el mercado de forma automática si nos han llevado a este callejón sin fácil salida en la que tarde o temprano se tendrá que intervenir artificialmente, contradiciendo esas supuestas leyes de mercado y esa regulación automática. Un callejón en el que sobra de todo y comienza a escasear la liquidez del dinero. Sólo que esta vez no va a ser suficiente con quitar un chivato más de la alarma mundial que nos indica la salud de nuestra economía. Ahora es más grave. A lo largo de las continuas crisis se ha sustituido el oro por dólares en el intercambio comercial internacional, se han ampliado los márgenes entre los cambios fijos regulados en Bretton- Woods, se han inventado Bonos nuevos para encubrir el círculo vicioso de retorno del dinero para estar en dos sitios a la vez, se han modificado cambios fijos por flotantes, etc..No sé si hay mucho más margen de maniobra después de que los cambios entre las principales monedas sean flotantes .
Quiero concluir con un ejemplo práctico para hacer notar lo mal que se ha interpretado el Keynesianismo que sólo debió ser contemplado con seriedad en su tiempo, tiempo para el que fue creado. Después del efecto Guggenheim ha proliferado el levantamiento de nuevos museos más allá de la demanda real. La demanda real está sostenida en función del tiempo y del dinero. Es fácil pensar que si una persona dedica 2 horas a la semana a ver exposiciones, porque se levanten 10 nuevos museos no va a dedicar 20 horas semanales a tal actividad lúdica y cultural. Lo mismo sucede con el dinero. Si una persona gasta 5 euros semanales en ver exposiciones, con el aumento de 10 nuevos museos no se garantiza que vaya a gastar 50 euros semanales. Y en el supuesto de que lo hiciera, cosa imposible, hay que reconocer que el dinero gastado esta vez en arte es un dinero que antes se gastaba en otro lado por lo que si se genera empleo en el entorno del arte aumentará el desempleo en otro entorno. La oferta no dilata obligadamente la demanda. Se ha comprobado con la burbuja inmobiliaria, que ha tocado techo y hay más casas construidas que las que se pueden vender, sobre todo ahora que la demanda se ha restringido de manera drástica con la precaución y el miedo de los bancos a la morosidad.
Tenemos los medios. Tenemos la informática y la base de datos como para poder saber la demanda real de pisos en un futuro sin llegar a esta peligrosa burbuja inmobiliaria. Tenemos la tecnología para producir energía limpia. Tenemos una frenética actividad colapsada por una crisis evidente. No es menos evidente que debe ser el Estado quien coja valientemente las riendas de la economía. No se puede dejar la suerte del mundo en manos de Holdings y multinacionales. Hasta ahora los Estados sólo han sido "una comisión administartiva de los intereses comunes de la burguesía". Creo que algo así dijo Marx. Es hora de que sean lo que dicen que son: una comisión administrativa de los intereses comunes de la sociedad. Es hora de la desaparición paulatina del Capitalismo, sin querer por ello parecer masón o subversivo. Es hora de mirar de frente el futuro que se avecina y dejar de soñar en lujos, poder, fama y dinero a cambio del sufrimiento de los demás. Debemos acumular cordura, serenidad y solidaridad. No somos más que hombres. Sólo seres humanos, seres sociables, a los que la educación egoísta del capitalismo nos está quitando esa humanidad que nos distingue o nos debiera distinguir.